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Querida amiga (Cuento) A la memoria de Ita, Jean, Maura y Dorothy
*
) 1 ( Querida
amiga: Te escribo del avión, en vuelo a El
Salvador, la tierra de mis abuelos, de mi madre, la mía. La situación allá está
bien “jodida”, perdona la expresión pero no encuentro otra palabra para
describir lo que acontece en la nación de los pipiles, descendientes de mis
antepasados. Como te conté anteriormente, después que
hice mis votos de religiosa, deseosa de empezar mi labor social y bajo la inspiración de las
misioneras martirizadas en El Salvador hace dos años —Ita Ford, Jean Donovan, Maura Clarke y Dorothy
Kazel—, decidí continuar su trabajo con la gente pobre a quien ellas dedicaron
su vida. Antes de ir a Chalatenango donde Ita y Jean
trabajaban, y donde yo desarrollaré mi labor, me quedaré unos días en la
capital para ver a mis familiares, quienes están emocionados por verme hecha
una monja. Debo decirte que estas misioneras son
mis heroínas y siento que su inspiración me guía. Su entrega a la causa de los
pobres es ejemplar. Me inspiran tanto que quisiera ser como ellas. Para mí son unas
santas modernas. La gente que estuvo cerca de ellas confiesa que todo lo hacían
con una sonrisa, como si el acto de amar al prójimo les causara felicidad
absoluta. He leído e investigado sobre sus vidas y trabajo social, y siento que
voy revestida de la misma humildad, deseo de lucha por la pobreza y amor para
los desposeídos que las bendecía a ellas, mis cuatro hermanas del alma. ) 2 ( Jean Donovan, a quien le llamaban cariñosamente
“Santa Jean la Juguetona”, era la más joven de dos hijos, criada en la clase
media alta de una familia en Westport, Connecticut. Su padre era ingeniero,
jefe de diseños en una gran compañía constructora de helicópteros usados en la
guerra del Vietnam. Jean recibió un Master en Administración de Empresas en
Case Western Reserve University, luego tomó un trabajo como gerente de una
compañía de contabilidad en Cleveland. Iba encaminada a una carrera de mucho
éxito. No era
tímida, ni introvertida, sino jovial, llevadera y cómica, y muchas veces hacía
cosas escandalosas sólo para atraer la atención. Era una persona de coraje,
amorosa y bondadosa. Le encantaba manejar su motocicleta. Dicen que una vez la
encontraron poniéndole whiskey, su bebida preferida, al cereal del desayuno. Su
espíritu y generosidad hicieron que sus amigos leales se disgustaran con ella
porque se volvió misionera. Pero es que Jean no se sentía satisfecha y comenzó
a buscar algo más profundo en la vida. Mientras hacía trabajo voluntario en la
Cleveland Diocese Youth Ministry con los pobres, se enteró de un proyecto de
misioneros diocesanos en El Salvador, lo cual era lo que ella andaba buscando.
Jean atribuyó su decisión a “un presentimiento”, y dijo: “Quiero acercarme a
Dios y éste es el único camino que creo poder hacerlo”. Ella fue
también afectada por el tiempo que pasó en Irlanda como estudiante de
intercambio, donde un sacerdote que se hizo buen amigo de ella, el Fraile
Michael Crowley que había sido un misionero en el Perú, la introdujo a un mundo
diferente, un mundo del pobre y la vida de fe consagrada a un seguimiento más
radical del ejemplo de Jesús. Jean estaba obsesionada por lo que experimentó
allá y esto la hizo cuestionar los valores de su propia vida. Después
de su entrenamiento con las Hermanas Maryknoll llegó a El Salvador en julio de 1979,
en el tiempo en que la represión se estaba intensificando y la Iglesia era
perseguida. Asumió la coordinación de Cáritas para el programa de la misión
diocesana. Además de llevar la contabilidad, trabajó en La Libertad con Dorothy
Kazel, distribuyendo alimentos para los pobres y los refugiados, y llevando a
cabo programas educativos para las familias. Estaba fuertemente motivada por
San Francisco de Asís y Monseñor Romero. Tradujo las enseñanzas de Dios a
proveer ropa para el pobre, alimentos para el hambriento y cuidados para los
refugiados heridos, especialmente los niños que habían perdido en la guerra lo
poco que tenían. Jean iba
a menudo a la catedral de San Salvador a escuchar las homilías de Monseñor
Romero, que en ese tiempo representaban la única noticia verdadera en El
Salvador. Después del asesinato de Monseñor, Jean y Dorothy participaron en la
vigilia del féretro, y estuvieron presentes en la catedral cuando las
multitudes atendieron el funeral el 30 de marzo de 1980, y fueron atacadas en
la plaza por francotiradores creando una estampida de pánico que dejó cuarenta
y cuatro muertos y cientos de heridos. Jean se encontraba entre la gente
desesperada que corrió hacia el interior de la catedral buscando socorro. Creyó
que ese día iba a morir. En el
otoño de 1980 tomó un descanso de esta tensa realidad para asistir a una boda
de un amigo en Irlanda. Allí se reunió por un tiempo con su prometido, el Dr.
Douglas Cable. Muchos de sus amigos trataron de persuadirla de que no regresara
a El Salvador, pero ella los reconfortó con una mofa: “Ellos no matan a
norteamericanas rubias y de ojos azules”. ) 3 ( La
situación en El Salvador, querida amiga, es desesperante. Se avecinan fuertes operativos
militares y no la paz que esperábamos. El ingreso de vehículos y equipo pesado
en las aldeas no es señal pacífica, es más bien señal de que en cualquier
momento se producirá algo con toda la fuerza contra nuestros hermanos
campesinos. Vemos además la posición del ejército en las comunidades, y todo se
está armando para además contener militarmente a las bases de apoyo que son
civiles desarmados. Nuestras misioneras y otros miembros de la solidaridad
internacional están teniendo problemas para ingresar en esas comunidades. Los
medios de comunicación son casi inexistentes y no revelan la realidad de la
situación. Hace unos días, a los dirigentes de uno de
los proyectos en que voy a trabajar les enviaron amenazas de muerte. Y entonces
ahí tienes el escenario que me espera. La vida ya está dada. Eso no me
preocupa. En cualquier momento se llegará el final del camino, y pues es
nuestro deber moral continuar con amor y fuerza hasta cuando Dios disponga. Mi trabajo se centrará en proyectos de las Hermanas
Maryknoll. Visitaré un hospital campesino y luego una parroquia para animar al
equipo pastoral. Realmente, sabes, nunca imaginé que mi
trabajo social me llevara a una tierra en que la iglesia es perseguida, pero en
el centro de todo está el sufrimiento de los pobres, los sin voz como decía
Monseñor Romero, y pues se vuelve un mandato moral, social, por ellos, por la
vida. Por otro lado, mi trabajo me ha llevado a conocer gente llena de un
profundo amor humanitario que me recuerda a Ita Ford, una persona
verdaderamente admirable, cuyo lema eran aquellas palabras inspiradoras del
evangelio: “Yo caminaré contigo”, y siento en mi corazón que ella camina
conmigo desde que supe de su martirio. ) 4 ( Ita
Ford nació en Brooklyn. Cuando terminó estudios universitarios en la
universidad Marymount se unió a las Hermanas Maryknoll. Después de tres años,
problemas de salud la obligaron a retirarse, lo cual fue para ella devastador
pues la hizo pensar que los planes de su vida se descarrilaban. A pesar
de esto, a los siete años de trabajar como editora para una compañía
publicitaria, solicitó de nuevo y fue aceptada por las Hermanas Maryknoll. Fue
asignada a Chile, adonde llegó pocos meses antes del 11 de septiembre de 1973,
cuando un golpe de estado militar derrocó al presidente Salvador Allende. Los
siguientes años fueron muy amargos para Chile. Miles de personas sospechosas de
ser enemigas del gobierno fueron arrestadas, asesinadas o desaparecidas. Miles
más sufrieron torturas y encarcelamiento. Ita vivió en un tugurio en Santiago
con Sor Carla Piette donde ayudaban a la gente durante el tiempo de represión,
miedo e incremento de la miseria de los pobres. Los años
en Chile dejaron un profundo impacto en Ita. Movida por sentimientos de
inseguridad en medio de una severa realidad, ella escribió: “¿Es mi deseo
sufrir con esta gente aquí su impotencia? Puedo decirles: No tengo soluciones,
no sé las respuestas, pero caminaré con ustedes, buscaré con ustedes, estaré
con ustedes. ¿Puedo dejarme evangelizar por esta oportunidad? ¿Puedo mirar y aceptar mi propia pobreza como
yo la aprendo de los pobres?” Pero aun
en medio de esta búsqueda angustiosa, a Ita se le admiraba su vibrante y
generoso espíritu. Tenía una personalidad amigable. Sus ojos vibrantes y su amplia
sonrisa siempre estaban presentes en la pobreza y el dolor. En 1980
Ita y Carla respondieron a un llamado de ayuda del Arzobispo Oscar A. Romero de
El Salvador. Mientras iban en ruta a su nueva misión, supieron del asesinato de
Arzobispo el 24 de marzo. En junio
de ese año, las dos hermanas empezaron a trabajar con el comité de Emergencia
de Refugiados en Chalatenango. Aquí Ita
se dio cuenta de la realidad salvadoreña trabajando con los campesinos, los
perseguidos, las víctimas de la represión y la guerra; la violencia de la
dictadura militar dispuesta a limpiar cualquier señal de oposición con
increíble barbarie. El 23 de
agosto Carla e Ita tomaron su jeep para recoger a un prisionero político y
llevarlo a casa, un servicio que ellas prestaban a personas cuyas vidas habían
sido amenazadas por la violencia. Al regreso fueron atrapadas por una
correntada de un río inundado. Carla empujó a Ita por una ventana. Cuando la
corriente la llevaba río abajo, Ita rezaba: “Recíbeme Dios mío, estoy llegando.”
Finalmente se agarró de una rama y pudo salir a la orilla. El cuerpo de Carla
fue encontrado la siguiente mañana. Para Ita, la pérdida de su más querida
amiga fue un impacto tremendo que la hizo preguntarse “¿Por qué me salvé yo?” Sor Maura
Clarke se encontraba en El Salvador para explorar la posibilidad de trabajar
allí, y se convirtió en la nueva compañera de Ita en el trabajo de refugiados
en Chalatenango. Maura confesó que Ita es era un poderoso ejemplo; era una
bendición estar con ella. La real
recuperación de Ita sucedió en una asamblea general de cinco días de las
Hermanas Maryknoll durante el fin de semana de Acción de Gracias. En el cierre
de la liturgia, Ita leyó un pasaje de las últimas homilías de Monseñor Romero:
“Cristo los invita a no tener miedo de la persecución porque, créanme, hermanos
y hermanas, el que está entregado al pobre debe correr el mismo destino del
pobre, y en El Salvador el destino del pobre significa la desaparición, la
tortura, ser capturado y ser encontrado muerto.” ) 5 ( La
vida de muchos hermanos campesinos, querida amiga, está en grave peligro. El
poder se prepara. Y frente a eso nosotros nos preparamos con la flor del amor.
El amor que fulmina nuestros corazones y
el árbol de la esperanza que nos mantiene firmes. Quería, antes de entrar en esa tierra de
nadie y sin ley, decirte lo mucho que tu amistad representa para mí. Tu apoyo a
través de los largos años de estudios teológicos ha sido un don tremendo que
aprecio inmensamente. Creo que tengo mucho que caminar todavía. El sendero es largo. A veces será oscuro.
A veces luminoso. Pero estoy dispuesta a recorrerlo por nuestros hermanos los desposeídos,
como lo hizo Maura Clarke, una de mis heroínas. ) 6 ( Maura
Clarke nació en Queens, Nueva York. Entró en Maryknoll en 1950.
En 1959 fue enviada a Nicaragua donde se desarrolló como profesora e hizo
trabajo pastoral en la diócesis Capuchina de Suna, una ciudad remota en el este del país.
Desde
1970 trabajaba en Managua y estuvo presente en el terremoto de 1972 que devastó
a la ciudad, en que se estima perecieron entre diez mil y veinte mil personas.
Atrapadas en el piso alto de la casa de la diócesis, las hermanas Maryknoll
salieron por una ventana y bajaron con un lazo hecho de sábanas. Inmediatamente
empezaron a atender víctimas y a escarbar las ruinas para sacar muertos. Unos
calificaban a Maura de sobresaliente en su generosidad. Podía dar todo lo que
poseía a los desventurados y estaba acostumbrada a vivir en la pobreza. Siempre veía
lo bueno en los demás. A todos con quien se relacionaba los hacía sentir
amados. Los nicaragüenses la llamaban “El ángel de nuestra tierra.” En 1977
Maura regresó a los Estados Unidos a hacer trabajo de misionera y a promover su
vocación. Viajó con las Hermanas Maryknoll en el Grupo de Concientización
Mundial, en el cual dijo cierta vez: “Yo veo este trabajo como una manera de
despertar el interés hacia las víctimas de la injusticia del mundo; una labor
para el cambio y para contribuir con la preocupación por el sufrimiento de los
pobres y marginados, las no-personas de nuestra familia humana.” Maura no
se encontraba en Nicaragua cuando Somoza fue derrocado,
el 19 de julio de 1979, pero la noticia le causó enorme júbilo. Después de veinte años
en ese país, ella conocía perfectamente el impacto que la dictadura militar
ejercía sobre la vida de la gente humilde. Ella vio con sus propios ojos cómo
la asistencia internacional que llegó al país para auxiliar a los damnificados
del terremoto quedó en manos del dictador, su familia y los amigos de la élite,
mientras que la vida del pobre en la destruida capital se volvía más
desesperante. Visitó
Nicaragua en 1980 durante la celebración del primer aniversario de la victoria
sandinista. Estaba feliz de encontrarse con sus amigos de tantos años, y de ver
el espíritu reinante de increíble alivio, de esperanza y libertad después de
cuarenta y cinco años de la dinastía Somoza. Para
entonces Monseñor Romero insistía en la urgente ayuda que se necesitaba en El Salvador.
El 5 de agosto, precisamente dos semanas y media
antes de la muerte de Sor Carla Piette en las profundidades de un río
desbordado, Maura Clark fue a El Salvador a explorar la posibilidad de trabajar
allí. Fue una dura decisión para ella dejar atrás veinte años de relaciones en
Nicaragua en tan excitante momento de su historia, a cambio de asumir una labor
humana y pastoral en El Salvador en tiempo de persecución. Maura
decidió tomar su lugar al lado de Ita Ford. Inmediatamente se introdujo en el
trabajo de emergencia en beneficio de las víctimas. “Tenemos a los refugiados,
mujeres y niños, fuera de nuestra puerta y sus historias son increíbles. Lo que
sucede aquí es tan imposible, pero sucede. La perseverancia del pobre y su fe a
través de este terrible dolor está constantemente halándome a responder con una
fe más profunda.” Los días
eran cada vez más difíciles y la lucha interna radicalmente más severa. “Mi
miedo a la muerte esta constantemente desafiándome cuando niños, preciosas
muchachas y ancianos están siendo tiroteados, otros cortados con machetes, y
cuerpos tirados en el camino, prohibiendo a la gente que los entierre.” Maura e
Ita viajaron en noviembre a Nicaragua
para una asamblea regional. Allí confirmó su misión ante las Hermanas
Maryknoll: Permanecer en El Salvador para buscar a los desaparecidos, rezar con las familias
de los prisioneros, enterrar a los muertos y trabajar con la gente en su lucha para
terminar con la opresión, la miseria y la violencia. ) 7 ( Te
escribo estas líneas, querida amiga, poseída de una gran emoción, pues aunque
el panorama no se presenta libre de problemas y borrascas, la emoción de ir a
trabajar a esa tierra de desposeídos en que ha reencarnado la viva imagen de
Dios me hace sentir que soy parte del cambio, de la esperanza, del amor, de la
vida. Esa vida que ya he entregado a la paz del futuro, pues como dijo una de
las religiosas martirizadas en El Salvador, nadie puede quitarnos la vida
cuando ya la hemos entregado al bien común, al prójimo, a los pobres, y esa
vida resucitará en el amor de la madre que dará a luz a su hijo en el tiempo de
paz. Esa era precisamente la fe que movía a la compañera misionera Dorothy
Kazel. ) 8 ( Dorothy Kazel se unió a las Hermanas Ursulinas como
profesora de la orden en Cleveland, en 1960. Estaba comprometida para casarse y
sintiéndose llamada a la vida religiosa, pospuso su matrimonio para poner en
práctica su llamado. Dorothy enseñó
por siete años y después se involucró en programas comunitarios ecuménicos e
interraciales en la ciudad. En un
retiro, una hermana escuchó a Dorothy confesar que quería ser recordada como
“un aleluya de la cabeza a los pies.” En 1974
se unió al grupo de la diócesis de la misión de Cleveland en El Salvador, el
cual consistía en nueve miembros que trabajaban en tres parroquias. Sus
principales obligaciones eran visitar las casas de los feligreses y prepararlos
para los sacramentos. Su
hermano James comentó: “Ella quería trabajar con gente que no tenía las
oportunidades que existen en los Estados Unidos. Quería llevar el Evangelio a
los necesitados.” Para el
final de los años setenta, el aumento de la represión y la violencia política
fue cambiando el carácter del grupo de trabajo. El sacerdote Maryknoll Stephen
T. DeMott explicó: “Dorothy ocupaba más y más tiempo transportando en especial
mujeres y niños a los centros de refugio. Escribió a casa sobre los cadáveres
que diariamente eran encontrados a lo largo del camino y describía las
mutilaciones como enfermizas y diabólicas.” Sor
Sheila Marie Tobbe, una amiga y visitante en El Salvador, dijo del trabajo de
Dorothy y de su compañera Jean Donovan: “Ellas fueron a El Salvador, un país
que tiene el nombre de El Salvador del Mundo, a enseñar el Evangelio a los
pobres. Capacitaron a catequistas, asistieron en la formación de Las
Comunidades Cristinas Básicas, contribuyeron en la preparación de programas
sacramentales y vigilaron la distribución de los alimentos que enviaba
Caridades Católicas y Cáritas.” Estaban envueltas en el trabajo con refugiados:
manteniendo productos médicos y alimenticios, buscándoles refugio, llevando a
los enfermos y heridos a las clínicas médicas. No podían llevar a los heridos a
hospitales del gobierno por temor a que estas inocentes víctimas fueran
asesinadas. En el curso de estas obligaciones, ellas se enamoraron de la
belleza y el calor de la gente salvadoreña. Para
Dorothy esta cruel realidad afectó profundamente el entendimiento y la
experiencia de su propia fe, mientras iba participando del sufrimiento de la
gente y acompañándolas en su dolor y en la esperanza. El peligro de la
represión se acercaba al grupo de la misión, y Dorothy y las otras luchaban
sobre lo que deberían hacer. Le escribió a una amiga: “Este día hablamos
bastante sobre qué debemos hacer si algo empieza. La mayoría de nosotros
deseamos quedarnos aquí. No queremos simplemente dejar a la gente. Yo pienso
que debo decirte esto a ti porque no quiero decírselo a nadie más, porque creo
que no lo van a comprender. De todas maneras, querida amiga, solamente quiero
que sepas lo que siento y valóralo en tu corazón. Si llega el día en que otros
tengan que comprender, por favor explícales por mí.” Dorothy
le escribió una carta a Sor Theresa Kane del grupo de liderazgo de las Hermanas
de la Merced, en respuesta a un artículo que había leído sobre una charla
de Theresa en la Conferencia de
Liderazgo de Mujeres Religiosas. “Me impresionó muchísimo lo que dijo acerca
del trabajo que hacen las monjas estadounidenses de la clase media y qué
importante es servir al pobre y oprimido. Yo creo de todo corazón, por eso es
que estoy en El Salvador.” ) 9 ( Documento de la Comisión de la Verdad:
El día 2 de diciembre de 1980,
inmediatamente después de las 7:00 P.m., miembros de la Guardia Nacional de El
Salvador detuvieron a cuatro religiosas a la salida del aeropuerto
internacional de Comalapa. Las religiosas Ita Ford, Maura Clarke, Dorothy Kazel
y Jean Donovan fueron llevadas a un lugar aislado y allí asesinadas con
disparos hechos a corta distancia.
Dos de las cuatro religiosas asesinadas, Ita
Ford y Maura Clarke trabajaban en Chalatenango y estaban regresando de
Nicaragua. Las otras dos, venían de La Libertad para recogerlas del aeropuerto. Las detenciones fueron planeadas de
antemano. Un subsargento de la Guardia Nacional, aproximadamente dos horas
antes que las religiosas llegaran, comunicó a cinco de sus subordinados que
debían detener a unas personas que venían de Nicaragua. Luego se dirigió al puesto en San Luís Talpa
para avisar al Comandante que hiciera caso omiso, si escuchaba algunos ruidos
perturbadores, por cuanto sería el resultado de una acción que él y su gente
estarían cumpliendo. Una vez que los miembros de los cuerpos de
seguridad se llevaron a las religiosas a un lugar alejado, el subsargento
volvió a su puesto cerca del aeropuerto. A su regreso al sitio donde habían
llevado a las religiosas, les dijo que había recibido la orden de asesinarlas. A la siguiente mañana, el día 3 de diciembre
los cuerpos fueron descubiertos en el camino. Cuando llego el Juez de Paz
acordó inmediatamente su entierro, tal como había sido indicado por el
comisionado del cantón. Así fue que los pobladores del lugar enterraron los
cuerpos de las religiosas en las
inmediaciones. El embajador de los Estados Unidos se enteró
el día 4 de diciembre del paradero de los cuerpos de las religiosas. Como
resultado de sus gestiones y una vez obtenida la autorización del Juez de Paz,
procedieron a remover los cadáveres y los llevaron a San Salvador. Allí, un
grupo de médicos forenses declinaron hacer la autopsia aduciendo la falta de
máscaras quirúrgicas. Entre el 6 y el 9 de diciembre de 1980,
llegó a San Salvador una misión especial de los Estados Unidos encabezada por
funcionarios del Departamento de Estado. No encontraron prueba directa del
crimen, tampoco evidencia que implicara a las autoridades salvadoreñas.
Concluyeron que la operación conllevó el ocultamiento de las muertes y animaron
al FBI a jugar un rol activo en la investigación. Al día siguiente de las muertes el
Presidente de los Estados Unidos suspendió la ayuda a El Salvador. En abril de 1981 el Congreso de los Estados
Unidos consideraba la ayuda a El Salvador. El 26 de abril miembros de la
embajada se reunieron con el Ministro de Defensa señalando que la falta de
investigación del caso estaba poniendo en peligro la ayuda de los Estados
Unidos. El 29 de abril miembros de la Guardia Nacional fueron detenidos y al
día siguiente la ayuda militar por $25 millones fue aprobada. Al día siguiente de que se culpó a miembros
de los cuerpos de seguridad, el Congreso de los Estados Unidos aprobó $62
millones para ayuda de emergencia. En febrero de 1982 uno de los involucrados
confesó su culpa y mencionó a los otros implicados entre los que estaba el
subsargento de la Guardia Nacional.
Todos ellos fueron acusados por las muertes de las religiosas. El 10 de febrero, el Presidente de El
Salvador en un mensaje televisado informó que el caso estaba resuelto.
Asimismo, dio a entender que el subsargento de la Guardia Nacional y sus
hombres actuaron por cuenta propia y que por lo tanto no tenían órdenes
superiores. Concluyó diciendo que el gobierno tenía la convicción moral de que
los acusados eran culpables. Los días 23 y 24 de mayo de 1984, miembros
de la guardia Nacional fueron encontrados culpables de las ejecuciones de las
religiosas y sentenciados a 30 años en prisión. Por primera vez en la historia
salvadoreña un miembro de las Fuerzas Armadas era inculpado de asesinato por un
juez. La Comisión de la Verdad concluye que: 1.
Hay suficiente evidencia
de que: a) Las detenciones de las religiosas en el aeropuerto
fueron planeadas con antelación a su llegada. b) El subsargento de la Guardia Nacional
recibió y cumplió órdenes superiores al detener y ejecutar a las cuatro
religiosas. 2.
Hay sustancial evidencia
de que: a) El entonces Director de la Guardia
Nacional, el Comandante del destacamento militar de Zacatecoluca, y tres
oficiales más, entre otros, supieron que miembros de la Guardia Nacional habían
cometido los asesinatos y con su actitud facilitaban el encubrimiento de los
hechos que obstaculizó la respectiva investigación judicial. b) El entonces Ministro de Defensa no hizo
ningún esfuerzo serio para investigar a fondo la responsabilidad en los
asesinatos de las religiosas. c) El comisionado del cantón también supo y
encubrió a los miembros de los cuerpos de seguridad que cometieron los
asesinatos. 3. El estado de El Salvador falló en cumplir
con su obligación, estipulada en el derecho internacional de los derechos
humanos, por la cual debió investigar el caso, enjuiciar a los responsables que
ordenaron y efectuaron las ejecuciones y, por último, compensar a las ví ctimas. ) 10 ( Voy
en avión, querida amiga, y siento que las alas me pertenecen a mí, que me hacen
volar la emoción y el orgullo de ser portadora de la fe en el cambio. Recuerdo
una canción que mi madre me cantaba cuando era pequeña y que siempre nos llenó
de gozo a las dos: Dicen que todo cambiará
No sé por qué pero esa canción una vez me
sacó las lágrimas, y ahora comprendo que son lágrimas de alegría, de emoción al
pensar que uniré mi vida y la flor de mi amor a los desposeídos, pues sólo eso
llevo, la flor de mi amor, la que ofreceré a mis hermanos, y con ellos
marcharé, cantando, con ellos gritaré, cantando, con ellos me lanzaré al futuro,
cantando, con ellos enfrentaré al opresor, cantando, y mi flor será más fuerte
que los tanques, que las metrallas, que los helicópteros, porque mi flor es de
amor y no de odio como las armas. Así me enfrentaré porque mis padres me enseñaron la defensa
de los derechos humanos, la defensa del débil, y mis abuelos me enseñaron el orgullo y el honor.
Yo soy gringa pero también soy pipil. Por mis venas corre la sangre de los irlandeses MacAllister
de mi padre y la de los salvadoreños González de mi madre. Él llegó de Dublín y ella de San Salvador.
Se conocieron y se casaron en Estados Unidos. De ese amor nací yo.
Por las ventanillas del avión observo el
territorio centroamericano sin fronteras, la gran patria, y pienso que nuestros
hermanos de aquí también merecen vivir en libertad, merecen ese futuro que las
canciones pregonan, porque ellos también son seres humanos como nosotros, son
personas dignas como nosotros, y no merecen el mundo de ignorancia, de miseria
y de abandono a que están sometidos. Voy hacia el cambio, hacia la vida, hacia el
amor. Confieso que el martirio de mis
cuatro hermanas destruyó mi corazón pero iluminó mi fe y el camino que debo
tomar hacia la entrega total de mi vida por los desposeídos. Si las amenazas de
muerte se cumplen y encuentran mi cuerpo acribillado como el de ellas, te pido
que no llores por mí. Al contrario, te ruego que rías, que cantes mi canción
preferida, con alegría, porque aunque te digan que sufrí mucho cuando morí,
será mentira, porque yo habré pasado a otra vida, a otra etapa de la felicidad
donde sólo existe la paz y el amor. Entonces, querida amiga, dile al mundo que
no he muerto, que tampoco Ita, Maura, Dorothy y Jean han muerto, porque aún
desde la tumba continuaremos ofreciendo al mundo la flor del amor, la fe y la
esperanza. Hasta siempre mi querida amiga. ***
F I N *** Los siguientes documentos sirvieron de
base informativa para esta narración: 1) El
caso de las cuatro religiosas norteamericanas asesinadas en El Salvador.
Religiuos Task Force on Central America and México, EEUU. Mayo de 2001. 2) De la locura a la esperanza, la guerra de 12
años en El Salvador. Comisión de la Verdad para El Salvador. Organización
de Naciones Unidas. San Salvador – Nueva
York. 1992-1993.
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