Los acontecimientos que rodearon el asesinato del Arzobispo Oscar Romero en San Salvador, el 24 de marzo de 1980,
han sido tan ampliamente tratados en la prensa escrita, en la radio, el cine y la televisión, que cualquier
lector puede preguntarse qué percepción de la tragedia podría proporcionar una nueva novela.
Disparo en la catedral salva la prueba mediante la recreación de los meses que precedieron al asesinato
de Monseñor Romero, no con la visión desde la altura como fue el caso de la película Romero, sino desde el
llano. Mientras Romero se concentra en el propio arzobispo –su personalidad, su evolución de intelectual
retraído a defensor activo de los derechos humanos- Disparo en la catedral retrata la vida diaria
en San Salvador durante un período atormentado por el desempleo, el hambre y la violencia. Disparo, obra
que resultó finalista en el concurso de narrativa Novedades y Diana de 1989, describe con minuciosidad
escalofriante el horror de llegar al hogar para encontrarlo saqueado y comprobar que los familiares han
desaparecido, o de dar con los trozos del cadáver de un amigo al otro lado de la calle.
Más que una novela política, Disparo en la catedral es un himno al espíritu humano. Los personajes de Bencastro
se levantan por las mañanas, van a trabajar, comen, se enamoran, crían hijos, charlan y bailan a pesar del
peligro constante. Se esfuerzan por vivir pese al terror que empapa la atmósfera y afecta todos los aspectos
de su existencia.
A lo largo de la novela resuena la voz de Oscar Romero, cuyas homilías radiales se enfrentan a las políticas
criminales del gobierno y dan a la gente fortaleza para seguir adelante. Romero nunca aparece como personaje,
pero el libro reproduce el texto íntegro de muchas de sus alocuciones. Sus recuentos de víctimas, sus llamados
a favor de los derechos humanos y sus reclamos de justicia, paz y libertad se convierten en una fuerza
unificadora. Romero es un símbolo de las esperanzas del pueblo. En lugar de abatir a sus seguidores,
su asesinato les ayuda a consolidar sus fuerzas y a robustecer su compromiso.
La novela gira en torno a Rogelio Villaverde, quien al encontrarse arruinado y sin trabajo, acepta un empleo
en La Tribuna, un pequeño diario de San Salvador. En las primeras páginas Bencastro narra con doloroso
realismo la frustración de Rogelio cuando pide fiado en un almacén, evita las amenazas de desalojo de su
casero y contesta desesperadamente los avisos que ofrecen empleo. El tono se torna más esperanzado cuando
la radio anuncia que ha habido un golpe de estado perpetrado por militares progresistas, aunque algunos de
los habitantes de la pensión donde se aloja Rogelio se mantienen escépticos frente a las promesas frente
a las promesas del nuevo gobierno en cuanto a establecer la democracia. Sin embargo, desde el punto de vista
de Rogelio, el panorama es auspicioso. El nuevo empleo le permitirá pagar sus cuentas y comprar materiales
de pintura, su pasatiempo favorito. Además, Rogelio ha encontrado una vibrante joven llamada Lourdes,
y la relación entre ambos comienza a cobrar bríos.
Aunque Rogelio trabaja en La Tribuna por razones meramente económicas, su vinculación con el diario
le sume en el torbellino político y le fuerza a tomar posición. Rogelio, que carecía de convicciones claras,
descubre gradualmente que no puede permanecer indiferente ante el asesinato de sus colegas, las amenazas
a su propia vida, la desaparición de Lourdes, el bombardeo de las oficinas de La Tribuna y el derrumbe
psicológico de Domínguez, su jefe y amigo.
Sus sentimientos antigubernamentales alcanzan su apogeo durante el funeral de Monseñor Romero, cuando las tropas
abren fuego sobre la muchedumbre congregada en la catedral. Su reacción inicial es tratar de escapar de
El Salvador en compañía de Domínguez, pero en la estación de buses los soldados nuevamente atacan a transeúntes
inocentes. Rogelio se ve envuelto en los esfuerzos de rescate y finalmente se compromete a quedarse y a luchar
por la justicia de su patria.
Los cuadros que pinta Rogelio reflejan su maduración psicológica y política. Evolucionan de las fantasías
escapistas a horrendas descripciones de la pobreza, la decadencia y la destrucción que le rodean. Aunque
Rogelio trata de adherirse a la noción de que el artista se halla libre de las ataduras políticas, Lourdes
le hace comprender que, más que cualquier otra persona, el artista está obligado a utilizar su talento para
impulsar el cambio social.
Disparo en la catedral recurre a distintos estilos y estructuras para crear una sensación de desarticulación
y fragmentación, un reflejo de la época confusa que relata la novela. La voz de Bencastro cambia a lo largo del
libro. Pasa de los monólogos de Rogelio o Lourdes, a diálogos dramáticos, intercala titulares de diarios, anuncios
radiales y, por supuesto, homilías de Romero. Sus diálogos captan acabadamente el sabor y el dinamismo del
lenguaje de la gente común.
Aunque Disparo en la catedral recurre a muchas de las técnicas utilizadas por los escritores del boom,
el principal objetivo de Bencastro no es, evidentemente, experimentar por el mero arte solamente.
Tiene una historia que narrar y el lector percibe la urgencia de su mensaje en cada línea.
Con escasas y notables excepciones, América Central ha deparado poca narrativa aclamada internacionalmente.
Quizá ahora, más que nunca, los pueblos de América Central puedan recurrir a voces literarias para dar a
conocer las duras realidades de esa atormentada región. En este sentido, Disparo en la catedral colma una necesidad.
(*) Bárbara Mujica es profesora de literatura española en la
Universidad Georgetown; ha escrito novelas, cuentos y ensayos,
y dirige el grupo de teatro El retablo.