Mario Bencastro

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Árbol de la vida: historias de la guerra civil

María Rosa Campeny Q., Diario Latino, San Salvador, El Salvador, Agosto 1993. Horizontes, San Francisco, California, Septiembre 1993. Gaceta Iberoamericana, Washington, D.C., Mayo 1994.

El escritor salvadoreño Mario Bencastro ha reunido en el volumen Árbol de la vida 10 relatos que ha subtitulado Historias de la guerra civil.

A los que, desde Estados Unidos, sentimos un verdadero interés por los países al sur del Río Grande y una hermandad entrañable hacia los que allí viven y mueren, y que tenemos que contentarnos a menudo con retazos de información plagados de deficiencias, parcialismos y medias verdades, el hecho de que un escritor salvadoreño nos hable llanamente de "guerra civil", donde ya no hay ni buenos ni malos, nos comunica un mensaje de ecuanimidad, reconciliación y esperanza.

Es la esperanza quizás el tema central de los bellos relatos contenidos en este libro que acaba de publicarse en El Salvador. En el cuento Historia de payaso, con que se inicia el volumen, el narrador (el payaso), se despide con tristeza de su circo, que en realidad ya no existe, puesto que ni los niños ni nadie asiste ya a las funciones para divertirse y reír con los payasos. El payaso quiere cantar una conocida coplilla que otrora arrancara las carcajadas de los espectadores, mas... "la gente se ha olvidado de reír". El personal del circo ha desertado: "un acróbata ingresó en la guerrilla...", "... un payaso se hizo guardia..." El circo, ya inexistente, se desdobla en la escena que tiene lugar en la plaza pública donde una multitud enardecida grita consignas revolucionarias. Al final el payaso va alejándose por las calles "teñidas de sangre", con su lora parlanchina (lo único que le queda), en busca de un niño que sea capaz de reírse al ver su cara pintarrajeada y su colorada vestimenta. El circo desmantelado es quizás una metáfora del país doliente, y el payaso y su lora de colores son en verdad el espíritu del pueblo que, a pesar de todo, renacerá en las risas de los niños.

La contienda civil, la cruenta lucha entre hermanos no es en realidad el asunto de ninguno de los relatos. No encontramos ni escenas de guerra, ni retratos revolucionarios. La violencia del conflicto aflora en la particular visión de la vida cotidiana que presenta el autor. La muerte deambula por entre las almas de los personajes que pretenden existir en un ambiente de normalidad irracional, tal como ocurre con los que comentan el caso de Las muertes de Fortín Coronado, en el relato que lleva este título.

En El fotógrafo de la muerte el autor presenta esa cotidianeidad macabra en las actividades de la Comisión de Derechos Humanos, cuya misión es buscar en los cementerios, entre tierra removida y sepultureros hamletianos, los restos de los desaparecidos para luego mostrarles las fotografías a los familiares. El mismo fotógrafo acaba siendo también él un desaparecido, pero la Comisión envía inmediatamente a otro fotógrafo que resulta ser una réplica exacta del que desapareció.

Ese renacer, el resistirse a capitular ante fuerzas implacables, el ansia de vida, la esperanza, son temas de esta colección de relatos y todo queda plasmado en las figuras medio esbozadas de los niños que aparecen en casi todas las narraciones. En el cuento El Informe, eso queda simbolizado en el ser nonato cuyo padre no reconoce a la muchacha que había violado solamente unas semanas antes. En El espíritu de las cosas, es el muchacho ciego que se niega a creer que Monseñor Romero haya muerto, ya que él sigue viéndolo pasar por su calle rodeado de gente, como cuando el prelado vivía.

En La diosa del río, los caimanes devoradores de asesinos y asesinados se convierten en compañeros juguetones de unos y otros en la paz del más allá. El árbol de la Vida, frondoso y lozano, se nutre y crece sobre un terreno sembrado de muertos.

En Los insaciables coexisten tres niveles de realidad: el del hombre y su pasado, el de la mujer y su amante y el de la telenovela en el televisor. El vendedor ambulante que envuelve las tres acciones parece ser la conciencia de todos ellos. Mago y adivino, simboliza el espíritu inquebrantable que jamás perece.

En unas palabras, a modo de epílogo, el autor nos dice que el desafío del escritor "consiste en buscar la forma de reflejar la realidad, por cruda que sea y, al mismo tiempo, cautivar al lector." Sin duda alguna Mario Bencastro ha logrado su objetivo y lo ha conseguido con estilo aparentemente sencillo, de gran precisión y elegancia. No cabe duda que el escritor pertenece a la estirpe ilustre de narradores centroamericanos, maestros del relato. Me recuerda a Jorge Kattán Zablah, escritor también salvadoreño, creador de un microcosmos que no por ser rural deja de ser universal. Ambos creadores de un lenguaje nuevo, como lo fuera Rubén Dario. En Mario Bencastro encontramos un mundo vivo dentro de una visión apocalíptica, en este caso, más enraizada en la misma entraña aborigen de las Américas que en la tradición judeo-cristiana.

* María Rosa Campeny Q. es profesora en el Defense Language Institute, California, EEUU.