Mario Bencastro

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Historia de payaso

Erick Aguirre Aragón, El Nuevo Diario, Managua, Nicaragua. Junio de 2005.

Durante las últimas décadas del siglo XX la literatura centroamericana cumplió en gran medida un papel de denuncia, pero aun cuando los escritores evitaran deliberadamente la denuncia social, de cualquier forma, en un contexto como el de entonces la violencia apareció disfrazada: en el lenguaje, en las costumbres, en el reflejo de las tradiciones culturales, etcétera. La narrativa salvadoreña de ese periodo, por ejemplo, se caracterizó por la preponderancia de tres importantes tendencias: La producción de obras testimoniales, la producción de obras ficcionales de denuncia y las obras literarias caracterizadas por representar un tipo de violencia oblicua. El cuento Historia de payaso, incluido en el volumen Árbol de la vida: historias de la guerra (1993), de Mario Bencastro, se inscribe entre estas últimas.

Pero este cuento, además de inscribirse dentro de la literatura de violencia, también se nos muestra como una pequeña pieza narrativa llena de cierto humor negro, en el sentido en que lo entendió André Bretón, es decir como el medio externo con que cuenta el “yo” para superar los traumas del mundo exterior y sobre todo, para subrayar que los grandes remedios a los grandes males del hombre, sólo pueden provenir del tratamiento irónico-escéptico, irreverente, del “ello”.

“Es difícil ser payaso en estos tiempos. Sobre todo porque el país está en guerra civil. La gente vive pensando en la muerte y se ha olvidado de reír”. Tal es el arranque de esta historia, la historia de un circo, de su tradición y sucesión patrimonial-familiar devenida en el contexto convulsionado y violento de El Salvador en los años 80. El payaso o narrador-personaje involucrado en la historia, se dirige a un grupo de narratorios que se supone sean un público que eventualmente asiste a la función final del circo. Decimos función final porque el narrador admite que el circo, heredado de su padre, no puede sobrevivir en “una época oscura y triste”, en un periodo de guerra en el cual, para subsistir, ha tenido que ir despidiendo a sus compañeros artistas y vendiendo poco a poco sus animales.

El cuento puede dividirse en diversas secuencias. La primera comprende el momento en que el narrador inicia lo que aparentemente es un monólogo, en el que después de reflexionar brevemente acerca de la dificultad del oficio de payaso “en estos tiempos”, pasa a relatar los sucesos de violencia vividos en el circo el día anterior: las protestas populares en la calle, la represión militar y la sonrisa paradójica pintada en el rostro del payaso, que termina la escena escondido, tapándose la cara con sus grandes guantes blancos, en medio de la oscuridad que envuelve a San Salvador y la convierte en una ciudad nada propicia para circos sino para otras cosas como arrestos, asesinatos, secuestros, bombardeos, torturas. “Hechos macabros que nada tienen que ver con el arte circense”.

La segunda secuencia se produce cuando, dirigiéndose a los narratarios (“Señoras y señores, se me olvidaba presentarme..”), el narrador se presenta, explica su procedencia y detalla cómo heredó el circo y la profesión de payaso de su padre. Luego, en un salto temporal hacia el pasado, nos explica quién fue su padre y cómo era el circo “en su tiempo”. El narrador ocupa varios párrafos para hablar de las cosas del oficio que aprendió de su padre y cómo, “de la noche a la mañana”, lo heredó todo de él cuando en plena función sufrió un ataque que lo dejó inconsciente. En este punto se produce otro salto temporal que nos traslada de nuevo al presente (“No dejo de visitarle los domingos...”), donde el narrador habla de la sonrisa postiza del maquillaje que se le quedó pintada para siempre a su padre: “En cierto modo creo que es feliz. Y me parece que lo será siempre y cuando no se percate de la dura realidad por la que atraviesa el país...” Luego se produce otro salto al pasado (“Creo, sin embargo, que para él fue fácil ser payaso. Era un tiempo de relativa calma y la gente reía sin dificultad...”), en el que, al final, el narrador termina subrayando lo difícil del oficio en el presente de la historia.

Inmediatamente después se produce otra elipsis temporal (“A mí, por el contrario, me ha correspondido un tiempo harto difícil...”) que nos devuelve otra vez al presente. Aquí es donde se produce el desenlace del cuento, es decir, la parte final del monólogo en que el narrador detalla la decadencia del circo, la forma en que los artistas se fueron retirando y cómo tuvo que vender la mayoría de sus animales para que no murieran de hambre. En honor a su padre, el narrador está vestido de payaso, en una presuntamente última función del circo, y se dirige a los narratarios (el público) diciendo que se marcha, y que al marcharse por “esas calles teñidas de sangre y de consignas políticas”, lo hará con una sonrisa, como corresponde a una historia de payaso.

El cuento de Mario Bencastro se propone partir de la paradoja violencia-humor para tratar de representar el drama de una sociedad sacudida por los conflictos sociales. La conciencia generalizada de la muerte, el reflejo de una situación colectiva que ha llegado a sus límites en cuanto violencia, la convicción de que el luto y la violencia habían llegado a ser una realidad cotidiana en El Salvador; la desaparición de fronteras entre el “yo” y el “nosotros”, al igual que entre la vida y la muerte; el humor y el horror, son parte de las situaciones que tratan de ser objeto de representación en este dramático y tragicómico cuento.

La utilización del circo como herramienta metafórica de este relato, evidentemente obedece a la intención paradójica violencia-humor como representación del drama social de la época, pero, sobre todo, obedece a una intención deliberada de inscribir esa representación en una de las más significativas expresiones de la complejísima estructura social en que al cabo de siglos se han constituido las culturas populares en Centroamérica, y que, incluso en el caso del circo (elemento de la cultura popular de dimensión relativamente universal), expresa su dinámica y su reacción ante los conflictos sociales y políticos, de forma particular.

La muerte y la violencia aparecen representadas de forma aparentemente inocente en este relato, que además intenta reflejar, de una manera hasta cierto punto oblicua, el hecho de que la violencia llegó a convertirse en un elemento determinante en la historia común de los salvadoreños durante la década ochenta. De algún modo, este relato intenta representar la conciencia abatida, pero despierta, de una generación cuya evolución individual y social transcurrió durante un buen tiempo por un camino cuya atmósfera estuvo demasiado contaminada por la agudización de la violencia política. Y ante esa atmósfera, esa conciencia generacional necesitaba adquirir mayor lucidez, cierto grado de cinismo que no le permitiera caer en la retórica vacía o en el simple ridículo.

De una manera que insisto en llamar oblicua, el cuento intenta representar la forma en que ha sido transformada la cultura popular durante los conflictos políticos y militares de la década ochenta. Con su actitud ante la derrota de su oficio en un tiempo de guerra, “involuntariamente” el narrador intenta indagar hasta qué punto la cultura popular llegará a ser marcada por esa transformación. Durante aquellos dramáticos años, la polarización política de las sociedades centroamericanas, especialmente la salvadoreña, llegó a afectar profundamente la evolución particular de las manifestaciones culturales de la población. De una u otra forma, lo hayan querido o no, todos los integrantes de la sociedad se vieron arrastrados por la vorágine de acontecimientos violentos que caracterizaron la década. Por otra parte, el humor del circo, el ingenio y la comicidad que presuntamente le son inherentes, parecen perder aquí la partida frente a la violencia política y social.

Sin embargo, el humor negro del relato evade permanentemente los límites para él siempre mortales de la tontería, el escepticismo o la simple broma sin gravedad. La paradoja constante como efecto de la combinación de situaciones de violencia frente al sinsentido coyuntural del humor inocente en una época de guerra, salvan a este cuento del sentimentalismo plano y de la simple fantasía de corto vuelo. En el fondo, el humor negro del relato rehúsa dejarse acorralar por el sufrimiento evidente de la realidad social. El narrador se rehúsa a admitir que los traumas de la sociedad puedan afectar su capacidad de evasión frente al dolor, y aún más, finge incluso que pueden convertirse en elementos importantes de una nueva formación cultural en una sociedad en evolución.